CAMINANDO DESPACIO
Autor: Guemchon Altimé
DEDICATORIA
A la memoria de mis raíces, Miracin y Rose Marie, quienes me enseñaron a cultivar la tierra y el espíritu.
A mi soledad de niño, que fue mi primera maestra.
Y a todo aquel que se sienta perdido, enfermo o cansado de correr:
Detente. Respira. No estás atrasado, simplemente vas a tu propio ritmo.
Todo lo que soy, y todo lo que he superado, es por la Gracia de Dios.
PRÓLOGO: LA FILOSOFÍA DEL CAMINANTE
El mundo sufre de una fiebre extraña: la fiebre de la velocidad. Miro a mi alrededor y veo gente corriendo desesperada. Corren tras el dinero, corren tras el éxito, corren tras un amor que no entienden. Se empujan, compiten, se agotan. Creen que la vida es una carrera de cien metros donde solo importa quién llega primero.
Pero yo aprendí un secreto.
Desde niño fui un observador solitario. Mientras los demás se apresuraban, yo miraba cómo crece una planta o cómo se comportan los animales. Y entendí algo fundamental: Mientras el mundo va corriendo, yo voy caminando despacio, y confío en llegar antes que ellos.
Parece una locura, ¿verdad? ¿Cómo puede el lento llegar antes que el rápido?
La respuesta está en la dirección. El mundo corre rápido, pero corre en círculos, perdido en el ruido y la vanidad. Yo camino lento, pero camino en línea recta, guiado por la mano de Dios y la intuición de mi corazón.
Mi vida no ha sido un camino de rosas. Ha sido un camino de aprendizaje puro, de caídas profundas y de silencios largos. He conocido la sombra del mundo, esa cara dolorosa que a veces nos muestran quienes dicen amarnos. He conocido el frío de la enfermedad, el error del vicio que destruye los pulmones y el alma, y el peso de diagnósticos médicos que suenan a sentencia final. Me he perdido, he estado estancado y he tenido que reordenar mis pasos muchas veces.
Pero aquí estoy.
No soy un sobreviviente por mi propia fuerza, sino por una Gracia inmensa que me sostuvo cuando yo no podía sostenerme a mí mismo. Mi corazón es el mapa de mi vida, porque él siempre supo lo que anhelaba, incluso cuando mi mente estaba confundida.
Escribo estas memorias no para presumir de mis logros, sino para compartir mis cicatrices. Porque he aprendido que mi deber no es criticar la oscuridad del mundo, sino seguir amando.
Te invito a caminar conmigo. Despacio. Sin prisa. Porque en la calma es donde Dios habla, y es el único lugar donde la vida cobra sentido real. Bienvenidos a mi historia.
LAS RAÍCES
Capítulo 1: La Escuela de la Tierra y el Silencio
Mi historia no comienza conmigo, sino con ellos: Miracin Altime y Rose Marie Hilaire.
Fui el quinto hijo en una familia numerosa, una de las catorce vidas que florecieron en ese hogar. Pero curiosamente, a pesar del ruido y la alegría que conlleva tener tantos hermanos, yo crecí siendo un niño solitario. No era una soledad triste, era una soledad llena de ojos abiertos.
Mientras otros niños corrían detrás de una pelota o se perdían en juegos ruidosos, yo prefería quedarme quieto. Me sentaba a observar. Sentía que no necesitaba “amar” o apegarme a los amigos de la infancia de la manera tradicional; lo que necesitaba era entender cómo funcionaba el engranaje de la vida.
La Sabiduría de las Manos Sucias
Mi padre, Miracin, era un hombre de dos mundos: un Siervo de Dios en el espíritu y un maestro de la tierra en la práctica. Él me enseñó que la fe no solo se predica en un altar, sino que se suda bajo el sol. Con mis padres aprendí el lenguaje de la creación antes que el lenguaje del dinero. Aprendí a cuidar lo que Dios nos daba.
Recuerdo el olor del campo, el tacto rudo de las herramientas de cultivo y la paciencia que requieren los animales. Crecí entre cabras, vacas, burros y caballos. Ellos fueron mis primeros maestros de humildad. Un animal no miente, no finge y no juzga; si lo cuidas, te responde. Aprendí que para tener leche o cosecha, primero debes dar de beber y sembrar. Esa ley de la siembra y la cosecha se grabó en mi alma para siempre.
El Respeto como Escudo
En medio de ese trabajo y esa observación silenciosa, mi familia me entregó la herramienta más poderosa que poseo: el Respeto a mí mismo. Mis padres me inculcaron una base de concreto, sólida e inamovible: “Guemchon, ante cualquier inquietud, ante cualquier tormenta o eventualidad, primero debes respetarte a ti mismo y conectarte con tu espíritu”. Esa enseñanza fue mi refugio.
Me gustaba la educación, me gustaba aprender, pero lo que más amaba era esa conexión espiritual que fluía en casa. Allí, en la sombra del mundo, protegido por el amor de mis padres y la inocencia de la tierra, yo era feliz. No sabía aún que el mundo exterior tenía otra cara, una cara que pronto me dolería descubrir. Yo era un caminante lento en un mundo que apenas empezaba a acelerar. Estaba aprendiendo a ser yo, sin saber que pronto tendría que defender esa identidad con todas mis fuerzas.
Capítulo 2: La Sombra del Mundo y el Desvío
Salí del refugio de mi hogar con el corazón lleno de las enseñanzas de mis padres, pensando que el mundo entero funcionaba bajo las mismas leyes de amor y respeto. Pero pronto recibí el golpe de la realidad.
Lo que más me dolió fue descubrir que el mundo tiene dos caras. La gente predicaba una cosa y hacía otra. Donde yo esperaba encontrar la honestidad de la tierra, encontré máscaras. Donde esperaba amor al prójimo, encontré competencia y egoísmo. El mundo gritaba: “¡Sigue mis pasos! ¡Corre como nosotros!”. Y por un momento, la presión fue tan fuerte que dudé de mi propio caminar lento.
El Error de lo Sobrenatural
En esa búsqueda de respuestas, cometí mi peor error. Mi curiosidad me llevó a querer conocer el “mundo sobrenatural”, a mirar en abismos que no me correspondían. Buscaba poder o conocimiento oculto, pensando que ahí hallaría la clave para entender la vida. Fue una trampa.
Por causa de esa búsqueda, quedé perdido por un buen tiempo. Me sentí “desaliñado” de mi propia vida, como un traje que ya no me quedaba bien. Mi espíritu, que antes estaba conectado con la claridad de mis padres y de Dios, se nubló. Dejé que el mundo me llevara por corrientes que no eran las mias, y pagué el precio con confusión y vacío.
El Estancamiento y el Destino
Fue en medio de esa confusión que llegué a Chile. No fue un viaje de placer, fue un movimiento del destino, la Voluntad de Dios empujándome hacia mi siguiente lección, aunque yo aún no lo entendía.
Mis primeros tiempos aquí fueron duros. Yo era una persona educada, llena de capacidades y amor, pero me encontré en un profundo estancamiento económico. Las puertas parecían cerradas. Me sentía muy perdido. El hombre que sabía cultivar la tierra y respetar a los animales ahora no encontraba su lugar en la ciudad de cemento.
Me dejé llevar por la corriente. Dejé que la inercia del día a día me arrastrara, olvidando por un momento hacia dónde iba mi vida realmente. Estaba en pausa, observando cómo mis sueños parecían dormirse mientras la necesidad despertaba cada mañana. Pero incluso en ese desvío, incluso “desaliñado” y estancado, mi intuición seguía viva bajo las cenizas. Algo en mí sabía que ese no era el final, sino el preludio de una prueba aún mayor que tocaría mi cuerpo y mi fe.
Capítulo 3: La Prueba de Fuego y el Silencio del Ruido
Llegó un momento en que mi cuerpo no pudo cargar más con el peso de un camino desalineado.
Estuve enfermo de puro estrés. Mi mente, agotada de intentar encajar en un sistema que no era el mío, colapsó, y mi cuerpo la siguió. Terminé sufriendo una neumonía grave. Debo admitir con humildad que caí en una de las trampas más destructivas que el mundo nos ofrece: el tabaco. El cigarro, ese veneno que se vende como alivio, es lo peor que nos pueden dar para destruirnos lentamente. Y casi lo logra.
El Ruido del Diagnóstico
Fue en medio de esa debilidad física, luchando por respirar, cuando el mundo soltó su ruido más fuerte frente a mí. Los médicos me dieron un diagnóstico que para muchos suena a sentencia final: me dijeron que tenía VIH.
En ese instante, el “ruido” del mundo se volvió ensordecedor. Las voces de afuera traían miedo, traían estigma, traían desesperanza. Querían que me sintiera acabado. Pero, curiosamente, mientras mis oídos escuchaban ese alboroto, mi espíritu entró en una calma profunda.
Yo no soy una persona que se deja impresionar por la “diversidad” o las etiquetas del mundo. He pasado una vida de caídas y superación. Frente a ese diagnóstico, decidí no escuchar el ruido. Decidí escuchar mi Intuición y confiar en Dios.
La Cruz y la Perfección
Me hice una pregunta que cambió mi perspectiva y sanó mi miedo:
Si el Señor Jesucristo soportó la Crucifixión por nosotros, ¿qué enfermedad vamos a tener en este mundo que no podamos enfrentar con Su fuerza?
Vivimos en un mundo donde tenemos la oportunidad de buscar la perfección de Dios, y sin embargo, a menudo buscamos lo contrario. Yo decidí buscar la Perfección. Acepté los tratamientos médicos y estoy profundamente agradecido por ellos, pues la medicina es también una herramienta. Pero mi verdadera sanidad no vino solo de las pastillas; vino de mi conexión espiritual.
Mientras el mundo veía a un hombre enfermo, yo veía a un hijo de Dios siendo purificado. Mi intuición me decía que eso no era el final, sino un reinicio. Me aferré a la vida con una fe inquebrantable, sabiendo que mi corazón —ese mapa que nunca miente— todavía tenía mucho camino por recorrer y mucho amor por entregar. El fuego quemó mi orgullo y mis miedos, pero dejó intacto mi espíritu. Sobreviví no para quejarme, sino para demostrar que cuando caminas con Dios, incluso el diagnóstico más oscuro se convierte en una oportunidad para ver Su luz.
EL RENACIMIENTO
Capítulo 4: Reordenando los Pasos y el Mapa del Corazón
Después de sobrevivir al fuego, llegó el momento de la verdad. Me detuve en seco, miré al espejo y me hice la pregunta más importante que un hombre puede hacerse:
¿Hacia dónde va mi vida realmente?
Ya no podía dejar que la corriente me llevara. Entendí que sobrevivir no era suficiente; tenía que vivir con propósito. Entonces, con la paciencia que aprendí de niño, me puse a reordenar mis pasos.
El Emprendedor de Mil Oficios
Decidí que para ser un buen emprendedor, primero tenía que ser un buen aprendiz. Mi recuperación no fue quedarme en cama, fue poner mis manos y mi mente a trabajar. Aprendí oficios diversos: soldadura, cerámica, administración, desarrollo web. No lo hice solo por dinero, sino por dignidad. Quería ser útil, quería crear, quería que mis manos fueran capaces de construir soluciones. Cada oficio aprendido fue un ladrillo nuevo en la reconstrucción de mi vida.
Un Agradecimiento Complejo
Hoy vivo en lo que llamo una “gracia de agradecimiento complejo”. Doy gracias por todo. Doy gracias por los conocimientos adquiridos, pero también doy gracias por lo que he aprendido de mis Prójimos, tanto de lo bueno como de lo malo:
- De los buenos aprendí la bondad.
- De los malos aprendí lo que no quiero ser, y aprendí a perdonar.
He entendido que mi deber en esta tierra no es criticar. Es muy fácil señalar los errores del mundo, quejarse de su crueldad o de su ruido. Pero eso no cambia nada. Mi verdadero deber, mi misión sagrada, es seguir amando como Dios me ama a mí. Si Él me perdonó mis desvíos, ¿quién soy yo para juzgar los de otros?
El Mapa Final
Al final de todo este viaje, desde el campo con mis padres hasta la ciudad de Santiago, desde la enfermedad hasta la salud, he descubierto una gran verdad: Mi corazón es el mapa de mi vida.
Él siempre supo lo que anhelaba. Cuando la mente dudaba, el corazón sabía. Cuando el mundo gritaba “corre”, el corazón decía “camina despacio”. Hoy sigo caminando. Despacio, pero firme. Con mis cicatrices como medallas y mi fe como brújula. He aprendido a ganar no llegando primero, sino llegando en Paz.
CONCLUSIÓN: EL VIAJE CONTINÚA
No escribo estas últimas líneas como alguien que ha llegado a la meta, sino como alguien que ha aprendido a disfrutar el paisaje.
Mi vida no es un manual de perfección; es un testimonio de Gracia.
He caminado por valles de sombra, he sentido el frío de la soledad y el fuego de la enfermedad. Pero en cada paso, incluso en los más dolorosos, Dios estaba cincelando mi carácter.
Si te llevas algo de mi historia, que sea esto:
No necesitas correr para llegar a tu destino. El mundo te empujará, te dirá que vas tarde, que no eres suficiente, que necesitas más ruido. No les creas. Tu corazón es el único mapa que necesitas, y Dios es el único guía que no se equivoca.
Sigo aquí, en Chile, trabajando, aprendiendo y, sobre todo, amando. Mi caminata continúa, despacio y con fe, confiando en que cada día es un regalo de ese "agradecimiento complejo" que ahora llena mi pecho.
Gracias por caminar un rato conmigo.
Paz y Amor.
Guemchon Altime
En un mundo obsesionado con la velocidad, ¿te atreves a caminar despacio?
“Mi peor error fue querer seguir los pasos del mundo. Mi mayor victoria fue aprender a caminar a mi propio ritmo.”